Las aventuras de Alonso, el amigo de todos

Name: alonso
Location: Spain

Monday, July 04, 2005

Un viaje largo, muy largo

¿Cuántas veces se puede vomitar en tres días? El cuerpo queda descompuesto como consecuencia de una falta total de entendimiento entre el estómago y el resto de los órganos. Las instrucciones son: estoy mareado, por ende debo expulsar todo lo que hay en el estómago. Pero, ¿por qué? Existirán sus razones médicas y científicas, que no discutiré. Pero, ¿por qué? Acatadas las instrucciones militarmente (aunque a veces nos neguemos, pero el cuerpo puede más que la mente en estos casos) expulsamos todo aquello que “supuestamente” sobra y, claro, la naturaleza es sabia y este desagradable acto de retorcimiento estomacal, con lágrimas incluidas, debería acabar con nuestro sufrimiento. Pero no siempre es así, y repetimos la operación porque, quién sabe, algo falló o faltó por expulsar. En la mayoría de los casos nos ha costado una importante cantidad de dinero llenar el estómago con milenarios elíxires embriagadores para terminar sacándolos de nuestro cuerpo así nada más. Pero a veces es simplemente una indisposición. Y por más que nuestro estómago intente sacar los posibles causantes del malestar, con lágrimas incluidas, llega un momento que ya no hay nada. Nada de nada, ni bilis. Aire, y más aire. Y ahí vamos otra vez, ¿y qué sale? Aire. Y el estómago se retuerce y trata de decirle al cerebro que ya no más, pero el cerebro está ido totalmente, mareado, en corto circuito. Mareado, expulsa. Mareado, expulsa. Aire y lágrimas.

William nos había comentado que se mareaba en los barcos, pero la aventura era más interesante y ese detalle no importaba. Nos íbamos en un velero a las fiestas de Puerto Maya, un pueblo de pescadores fundado a mediados del siglo XIX por ex esclavos de la Colonia. Un pueblo donde no había llegado el asfalto ni el teléfono, ni siquiera la telefonía móvil, por ser una ensenada entre las montañas. Ah, pero sí la televisión, la satelital, el contacto con la civilización en un mundo anclado en el pasado. Un pueblo que todas las mañanas se adentra en el mar y éste les da sus frutos, que se adentra en el bosque que lo rodea y recoge la cosecha, y que luego se sienta a la orilla del mar a beber unas cervezas y ver el atardecer. Qué falta de desarrollo, qué ignorancia. Pero ahí íbamos, a hacer lo mismo, a descivilizarnos. Y qué mejor manera que llegar en barco. Nos equipamos correctamente para la travesía, como un buen Jedi preparado para una misión, con 20 litros de guarapita, y ya (aguardiente y jugo de naranja, qué más podía faltar). Ya nos abasteceríamos en el pueblo. Y salimos un viernes en la tarde con la intención de llegar a nuestro destino en la noche. Eran unos cuantos kilómetros. Nada del otro mundo. El barco, un velero modesto de veintitantos pies (ya se pueden hacer una idea de mis conocimientos en cuanto a vela se refiere) donde cabíamos holgadamente los cinco expertos marineros. Bueno, sí había uno, Juan, un amigo de sesenta y tantos años, con más de cuarenta en el mar. Una vez viajó de Venezuela a Canarias en un velero con otro amigo alemán de la misma edad. Nada más que ellos dos y el mar. Más de un mes tardaron. Hasta en algunos periódicos reseñaron la aventura.

Así que nos fuimos, con nuestros veinte litros de guarapita, un par de shorts, de camisetas e interiores, y papel de baño, por supuesto, uno nunca sabe dónde y cuándo puede ocurrir una emergencia. Empezamos a vela, pero el viento estaba flojo y encendimos el motor (si, los veleros tienen motor). Total, era por un rato y marcaba lleno de gasoil. Después nos daríamos cuenta que el medidor estaba malo. La aventura apenas comenzaba. Sólo pasaron quince minutos entre el zarpe y el encendido del motor y ya William había vomitado el desayuno, luego el almuerzo y más tarde la merienda. Lo que le esperaba. Uno menos para la guarapita. Menos mal que dentro de su infierno era consciente y sacaba la cabeza por la popa (todavía me acuerdo de algunos términos) y alimentaba a los peces sin fastidiar al resto de la tripulación. No así otro personaje, Javier, quien empezó bien, pero apenas escuchó el motor echó el waffle dentro del barco. No sabemos por qué el motor causaba ese efecto en él. Agarrado del mástil como un borracho de un poste de luz, nos deleitaba con su imitación de Linda Blair en El Exorcista. Mientras lo insultábamos y le gritábamos que se acercara a las barandas para que mejor imitara a William limpiábamos el desastre como podíamos. Las empanadas, la tortilla, las salchichas que nunca faltan en un vómito aunque tengamos meses que no probamos una, la guarapita. Bueno, otro menos para la guarapita. Luego se recuperaría, no del todo, pero casi. No así William, que empezaba desesperante viaje donde el cerebro iba por un lado y el estómago por otro.

Seguirá… la aventura apenas comienza: los delfines, la ballena, los cangrejos gigantes, las abejas. Lo que nos esperaba.

Monday, June 27, 2005

Una emergencia

Era una emergencia. No estaba en mi casa, peor, no estaba en mi país. Abrí la puerta y antes de que la muchacha pronunciara palabra alguna le dije, con un inglés perfecto aprendido de años de escuchar música en inglés y películas con subtítulos, - necesito usar su baño, es una emergencia-. De los americanos podemos decir muchas cosas, pero de su amabilidad jamás podremos quejarnos. –Hello, buenos días, excuse me esto, excuse me aquello, thank you very much, hoy te voy a invadir y tumbar tu gobierno, que tengas un buen día-, siempre con una sonrisa y un chiste a flor de piel. Me imagino que, en esta oportunidad, igualmente, sería el caso, pero lo que me acuerdo es que antes que me dijera –hola, soy Stephanie y seré tu camarera hoy- yo ya estaba en la mitad de la sala y a pocos pasos de la felicidad. Lo siento por Stephanie que se quedó con su sonrisa congelada escuchando a Isabel, quien se encargó de dar las explicaciones pertinentes con la cara roja de la vergüenza. Pero yo a lo mío. Cuanto más cerca estás más duro es el camino que falta, empiezan los dolores que te impiden caminar o pensar, el sudor frío, los temblores, estás solo en el mundo, no hay nada que te distraiga ni obstáculos insalvables, a veces hay que detenerse y rezar para luego seguir con la peregrinación (si es que no ha ocurrido una desgracia, pues en este caso ya no estás solo en el mundo sino rodeado de gente que no sabes de dónde ha salido y que contemplan horrorizados ese grotesco espectáculo de desahogo y posterior humillación).

Pero esto no sucedió, así que llegué a mi destino en lo que a mi me pareció una eternidad y apenas fueron unos pocos segundos. Abrí la puerta del baño y ahí estaba, esperando por mí, sin ninguna otra puerta que nos separara, la poceta, el váter, la taza, como quieran. Justo cuando creía que todo se volvía negro, su blanca cerámica me hizo creer de nuevo en que la felicidad está más cerca de lo que creemos. Pero la higiene es algo importante que nunca debe faltar hasta en las situaciones más extremas, así que saqué fuerzas de donde antes no había y coloqué el sello anti contacto nalga-taza, como un buen Jedi hubiese hecho, es decir, hay que colocar el papel de baño que cubra la taza donde apoyaremos nuestro impecable culo. Igualmente importante, una vez bajada el agua previamente, es el sello anti salpique. No hay nada más desagradable que esas gotas que suben y te mojan cuando cae nuestro género. Es decir, hay que colocar papel de baño más o menos abundante en el agua para evitar el retorno. Una vez hecho esto, lo demás es lo más cercano a la felicidad, mente y cuerpo unidos en un solo fin, no hay pensamientos, no hay dolores, no hay necesidades. Unos segundos después todo vuelve a ser como antes, porque mientras mayor la emergencia más rápido salimos de ella (axioma que se cumple creo que exclusivamente en este caso).
Ya en el proceso de recuperación de los sentidos y los colores me di cuenta de que, efectivamente, no había puerta individual y que estaba sentado mirando directamente a la puerta del baño. Pero es que, además, había una tubería rota y el baño estaba inundado. Unos momentos antes nada de esto tenía alguna importancia, y ahora era un detalle, hasta que entró un empleado junto con el plomero. Me imagino la cara de ambos al ver, y oler, semejante espectáculo: yo, sentado, con papel de baño en todos lados, de puntillas para no mojarme los pies, en el único cubículo que daba a la puerta del baño y que además era el único que no tenía puerta. Menos mal que eran americanos y con sendas sonrisas me dijeron –hola, venimos a arreglar la tubería, pero si quieres venimos después-. –Dale, hombre, dale, que me estoy mojando los pies. Ustedes a lo suyo y yo a lo mío, que me falta poco-. Prueba superada. Era un hombre nuevo.