Un viaje largo, muy largo
¿Cuántas veces se puede vomitar en tres días? El cuerpo queda descompuesto como consecuencia de una falta total de entendimiento entre el estómago y el resto de los órganos. Las instrucciones son: estoy mareado, por ende debo expulsar todo lo que hay en el estómago. Pero, ¿por qué? Existirán sus razones médicas y científicas, que no discutiré. Pero, ¿por qué? Acatadas las instrucciones militarmente (aunque a veces nos neguemos, pero el cuerpo puede más que la mente en estos casos) expulsamos todo aquello que “supuestamente” sobra y, claro, la naturaleza es sabia y este desagradable acto de retorcimiento estomacal, con lágrimas incluidas, debería acabar con nuestro sufrimiento. Pero no siempre es así, y repetimos la operación porque, quién sabe, algo falló o faltó por expulsar. En la mayoría de los casos nos ha costado una importante cantidad de dinero llenar el estómago con milenarios elíxires embriagadores para terminar sacándolos de nuestro cuerpo así nada más. Pero a veces es simplemente una indisposición. Y por más que nuestro estómago intente sacar los posibles causantes del malestar, con lágrimas incluidas, llega un momento que ya no hay nada. Nada de nada, ni bilis. Aire, y más aire. Y ahí vamos otra vez, ¿y qué sale? Aire. Y el estómago se retuerce y trata de decirle al cerebro que ya no más, pero el cerebro está ido totalmente, mareado, en corto circuito. Mareado, expulsa. Mareado, expulsa. Aire y lágrimas.
William nos había comentado que se mareaba en los barcos, pero la aventura era más interesante y ese detalle no importaba. Nos íbamos en un velero a las fiestas de Puerto Maya, un pueblo de pescadores fundado a mediados del siglo XIX por ex esclavos de la Colonia. Un pueblo donde no había llegado el asfalto ni el teléfono, ni siquiera la telefonía móvil, por ser una ensenada entre las montañas. Ah, pero sí la televisión, la satelital, el contacto con la civilización en un mundo anclado en el pasado. Un pueblo que todas las mañanas se adentra en el mar y éste les da sus frutos, que se adentra en el bosque que lo rodea y recoge la cosecha, y que luego se sienta a la orilla del mar a beber unas cervezas y ver el atardecer. Qué falta de desarrollo, qué ignorancia. Pero ahí íbamos, a hacer lo mismo, a descivilizarnos. Y qué mejor manera que llegar en barco. Nos equipamos correctamente para la travesía, como un buen Jedi preparado para una misión, con 20 litros de guarapita, y ya (aguardiente y jugo de naranja, qué más podía faltar). Ya nos abasteceríamos en el pueblo. Y salimos un viernes en la tarde con la intención de llegar a nuestro destino en la noche. Eran unos cuantos kilómetros. Nada del otro mundo. El barco, un velero modesto de veintitantos pies (ya se pueden hacer una idea de mis conocimientos en cuanto a vela se refiere) donde cabíamos holgadamente los cinco expertos marineros. Bueno, sí había uno, Juan, un amigo de sesenta y tantos años, con más de cuarenta en el mar. Una vez viajó de Venezuela a Canarias en un velero con otro amigo alemán de la misma edad. Nada más que ellos dos y el mar. Más de un mes tardaron. Hasta en algunos periódicos reseñaron la aventura.
Así que nos fuimos, con nuestros veinte litros de guarapita, un par de shorts, de camisetas e interiores, y papel de baño, por supuesto, uno nunca sabe dónde y cuándo puede ocurrir una emergencia. Empezamos a vela, pero el viento estaba flojo y encendimos el motor (si, los veleros tienen motor). Total, era por un rato y marcaba lleno de gasoil. Después nos daríamos cuenta que el medidor estaba malo. La aventura apenas comenzaba. Sólo pasaron quince minutos entre el zarpe y el encendido del motor y ya William había vomitado el desayuno, luego el almuerzo y más tarde la merienda. Lo que le esperaba. Uno menos para la guarapita. Menos mal que dentro de su infierno era consciente y sacaba la cabeza por la popa (todavía me acuerdo de algunos términos) y alimentaba a los peces sin fastidiar al resto de la tripulación. No así otro personaje, Javier, quien empezó bien, pero apenas escuchó el motor echó el waffle dentro del barco. No sabemos por qué el motor causaba ese efecto en él. Agarrado del mástil como un borracho de un poste de luz, nos deleitaba con su imitación de Linda Blair en El Exorcista. Mientras lo insultábamos y le gritábamos que se acercara a las barandas para que mejor imitara a William limpiábamos el desastre como podíamos. Las empanadas, la tortilla, las salchichas que nunca faltan en un vómito aunque tengamos meses que no probamos una, la guarapita. Bueno, otro menos para la guarapita. Luego se recuperaría, no del todo, pero casi. No así William, que empezaba desesperante viaje donde el cerebro iba por un lado y el estómago por otro.
Seguirá… la aventura apenas comienza: los delfines, la ballena, los cangrejos gigantes, las abejas. Lo que nos esperaba.
